EL DEMONIO RAQUÍTICO

Muestra del Libro de relatos breves "El Demonio Raquítico"
Premiadoy publicado en el "Certamen Mayor de las Artes y las Letras"
Caracas - Venezuela

Genocidio

En una conferencia opositora se reunieron los sindicatos de aguacates, cebollas, pimentón, aliños verdes y ajo. Se acordó marchar hasta “La cocina” y tomarla a cualquier costo. Clandestinamente sus líderes planearon una segunda medida. Cuando la multitud sindicalista llegó a su objetivo fue acribillada por unos francotiradores presuntamente contratados por los carnívoros. Ese fatídico día fue suscrito en los anales de la historia como “La Guasacaca”.

El Cubito

El cubito de hielo se abrió paso entre la muchedumbre de colegas en el burbujeo de la Coca-cola y aclaró la garganta:

“Gélidos compatriotas; ¿No están cansados de ser utilizados como simples instrumentos refrigerantes cuando también en nuestros pechos hierve la pasión del agua? ¿No desean volver al estado originario y pertenecer otra vez al océano; Dios del Agua, Padre del Cubismo y creador nuestro?”

Los Cubitos se evaporaban en el refresco. El rubio de ojos azules se quemó los labios con su Coca-cola caliente, reclamó al cajero de Mac Donalds el extraño evento. Éste le dio otro refresco y excusándose alegó que por quinta vez se presentaba ese percance desde la llegada de los nuevos congeladores de la línea blanca “MERCOSUR”.

El Charco

En la avenida Cartagena está un charco famoso por tragarse automóviles enteros y hasta gandolas cargadas apenas cae una lloviznita. El alcalde decidió tomar cartas en el asunto y designó un equipo altamente capacitado para estudiar y solucionar el problema. Luego de tres años de arduo trabajo el equipo de profesionales estimó necesario contratar un psiquiatra de charcos preferiblemente graduado en la universidad de los Andes.

Trajeron al lentudo intelectual y le dejaron a solas por media hora con el charco. Al finalizar la sesión, el doctor, solemne y taciturno, llegó hasta el despacho del alcalde. Al ser interrogado por la causa de tantos desastres, el médico respondió que el problema del charco lo diagnosticaba como un “Síndrome de Vacuidad Endógena”.

El alcalde no entendió.

Con mucho tacto y pedagogía el galeno le explicó que este charco había nacido originariamente de un hueco, por tanto es normal que se sienta vacío. Cuando llueve, aunque sea de agua, experimenta una redoblada llenura. Entonces; rebosante de alegría invita a todos los huecos de la ciudad a pasar la velada con él.

El Ombligo Mental

Recientemente descubrí un cordón umbilical en mi mollera.

Cuando estaba muy ajetreado y moviéndome mucho interrumpía la alimentación cerebral que de éste recibía.

Fui al médico y me sugirió una intervención quirúrgica para cortarlo y así recuperar la normalidad en mi vida.

Una vez operado, el ombligo mental se infectó y ahora estoy en la Unidad de Cuidado Intensivo (U.C.I) alimentado artificialmente por una máquina llamada “Teletransferencia Líquida de Conciencia” (T.L.C).

El consejo de médicos estudió mi caso y no se explica como diablos sobrevivo sin mi cordón umbilical de la mollera.

Tampoco saben a qué científico loco se le ocurrió la idea tan descabellada de desconectarme del mundo con una cirugía tan peligrosa.

El Recital

Dios estaba sumamente preocupado y una mañana vino a buscarme para que diésemos a dúo un recital en el cielo con motivo de la nueva promoción de Querubines que estaba preparando desde hace millones de años cuando Lucifer fue dado de baja porque estaba llamando a la insurrección de buena parte del cielo y promoviendo la aplicación de una ley que prohibiese al mismo Dios crear y amar a los hombres.

Jesús estuvo divino con la Guitarra y los Apóstoles se lanzaron el mejor baile coreografiado que se haya visto jamás en la eternidad desde que Dios creó la ley universal de atracción gravitatoria de los cuerpos celestes y como yo no podía estar a la altura de tan grandes acontecimientos dejé que Dios dijera el primer verso para después agregar la palabra: Amén.

El cielo entero aplaudió mi participación.

La Hormiga

Una hormiga obrera detuvo de pronto su carrera y pegó un grito desesperada:

-¿A dónde vamos?
-¡Camina loca!; que estorbas- Le dijo una compañera.
-¡Quiten a la saboteadora!- Gritó otra levantando las antenitas.
-¿Pero es que no se dan cuenta? ¿Para quién trabajamos?
-¡Para Todas! Gritaron en coro.
-Yo-yo, yo estoy confundida, no siento que esa sea la verdad ¿Y el Dios de las hormigas? ¿No hay Dios de las Hormigas?...

Vino un zángano, la tomó dulcemente por el lomo y se la llevó de la fila diciéndole palabras tranquilizadoras. Las hormigas siguieron su curso y pronto olvidaron el suceso; se sabe que tienen poca memoria. No es un hecho aislado, sucede a menudo, y a menudo se ve la conducta de los zánganos, por eso desaparecen tantas hormigas a diario.

El Florero

En mi casa tengo un hermoso florero, me siento tan triste por él, se ve tan solo, hueco, vacío… debe tener grandes depresiones, no soporto verlo así: Se va a morir de melancolía… Si solo una florera lo pudiera consolar… pero no creo que pueda, además, su problema no lo cura el amor, ni la religión, ni la justicia, está perdido. Yo no puedo hacer nada, por mucho amor que le tenga no voy a olvidar lo que me hicieron las flores…
La Sombra Sonriente

Desde hace varios días mi sombra anda pelándole el diente a todo mundo. Nadie me saluda, me ignoran para prestarle atención a ella, dicen que es locuaz, ingeniosa y carismática. Se pone mi ropa y me ordena silencio. Ya estoy harto de su petulancia; un día de éstos le entierro un rayo de luz en el pecho.

El Demonio Raquítico

Recorriendo la casa abandonada vi el destello de un ojo rojo y agudicé la vista. Invité a la criatura a abandonar su escondite para presentarse. Tímido, asustado y tembloroso, descendió un demonito rojo y raquítico que llevaba en las manos una muy arrugada hoja de papel. Más tarde supe que no había aprobado el examen inicial de torturas y acosamiento infernal. Como pude lo consolé diciéndole que en el mundo había muchos viejos y muchachitos con los que podía ensayar sus técnicas malévolas hasta el año entrante.

Ya olvidado el suceso fui visitado por un cuervo que traía un telegrama prendido en fuego, cuando logré sofocar las llamas pude leer lo siguiente:

“Estimado amigo Groikoliev:

De mucha ayuda ha resultado su consejo. Entrené duro y aprobé con honores el examen de admisión. El honorable Satán me ha dado un puesto importante en el infierno. Pronto mandaré por usted para enseñarle personalmente lo que aprendí”.

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POR AMOR AL VICIO

Selección de un capítulo de la novela inédita:
"Por Amor al Vicio"

CAPÍTULO IX
El Hueco

Ludovico escucha “métanlos al hueco” y asocia esta orden con las imágenes de guerra que estaba acostumbrado a ver en las películas; los pobrecitos prestamistas judíos son encerrados en unas chocitas de un metro cúbico en medio de galones y galones de excremento. No es precisamente lo que encuentra: Una recámara privada, sucia. La diferencia consiste en que la celda aparentemente abandonada, posee un baño particular con puerta metálica. Donde una vez hubo poceta, sólo queda el orificio por donde bajan las aguas negras al empotramiento de la cloaca. Esto puede observar mientras lo meten a empellones. Una vez cerrada la compuerta, cualquier resquicio de luz es aniquilado a la vista. “Por oscuro le llaman hueco” –piensa. “Tiene sus ventajas y desventajas: No huele a mierda ni a orines, pero de diez metros para tres personas, nos han metido en dos metros cuadrados”.

Está golpeado y magullado, pero los policías se cuidaron de no fracturarle un hueso ni desprenderle un órgano. No puede ver a Miguel ni Alejandro. Sabe que están allí porque sus zapatos se encuentran al sentarse en el suelo frío. Calcula que deben ser las tres de la madrugada.

- Explícame cómo es que nos dejaron vivos –pregunta Miguel.

- Esos maricos no me dieron ni la mitad de los coñazos que recibía en un día de cuartel –responde Alejandro.

- No te vayas por la tangente, cuando me pediste agarrar al tombo, yo estaba decidido a morir como los peces del Orinoco; a plomo limpio. En cambio viene el chivo que más mea y te jala bola.

- Este es un caso contrario a las películas de Woodi Allen –ríe Ludovico-. En “La muerte de Boris Grushenko”, Dios mismo visita al condenado a muerte en su celda, le tranquiliza diciendo que no permitirá su fusilamiento la mañana siguiente. Cuando emerge el sol, el tipo se dirige confiado al paredón, y lo fusilan. Después de muerto su fantasma aparece resignado diciendo que Dios lo engañó.

- No estoy para chistes gafos, por tu culpa estamos metidos en esta mierda.

- ¿Mi culpa? Yo no ando en la calle quebrándole las ganas de vivir a cualquiera que me mienta la madre.

- ¿Aló… me comunico con la Superintendencia de Idiotas? Aquí tenemos a dos de sus subalternos perdidos… ¡Piensen! ¿Por qué coño no nos mataron? –Interrumpe Miguel.

Durante varios segundos los amigos guardan silencio. Ludovico se quita la camisa, la empapa de saliva, dedicándose a limpiar sus viejas y nuevas heridas. Ya se han formado costras sobre la piel de lo que fueron riachuelos de sangre en la primera paliza. Al desprenderlas le halan los bellos del brazo y suelta pequeños ruidos con la lengua. Aconseja a los demás a hacer lo mismo.

- ¿Seré yo el único aquí que piensa? –Lamenta Miguel-. Si viene el forense y nos encuentra limpicietos, y al policía descalabrado ¿por quién se va inclinar la justicia? Si no nos mataron es porque te conocen Alejandro. No andes por las ramas, suelta el cuento.

- Les voy a decir una vaina, yo no pido ni doy perdón. Y Mi vida no es material para sus libritos pendejos. Ustedes creen que se la comen contándole a la gente lo que la misma gente puede vivir por sí misma. Son unos güevones con la raya del culo borrada por estar sentados en una silla, chupándose los sesos para crear vainas que nadie lee, y si los leen, solo es para matar el aburrimiento o escapar de la realidad. Lo mismo se logra “tirando” y hasta más sabroso resulta. Si yo tuviera que darles trabajo, los pongo en un circo, para que payaseen hasta hartarse.

- ¡Punto para Alejandro Magno! –Irrumpe Miguel-. Compadre, yo pensaba que usted era bruto, pero cada día me convenzo que el burro también se jubila. Aunque le faltó una cosa, los payasos no son payasos porque no tengan otro oficio, son payasos porque les gusta divertir a la gente.

- ¿Tú te quieres divertir conmigo? Bueno. Te voy a contar: Nací a orillas de la carretera de Quibor, en aquella época las mujeres parían en su casa, y la casa que nos construyó papá era de bahareque, grande y fresca. Mamá tenía un horno artesanal y nos vestía con las fachadas a escala que vendía. Será por eso que les trago sus inclinaciones de artistas, pero no por eso dejan de recordarme a mi mamita…

- Ya entendimos –le invita a seguir Ludovico.

- Papá criaba chivos, los desollaba y vendía en la carretera. Bebía más que yo, saca la cuenta. Pero siempre nos alimentó y nos dio hasta donde pudo. Éramos doce hermanos: Ester, Juan, Lucas, Moisés, Ruth, Sara, Damaris, Dorca, Abraham, Isaías, Jonas y yo. ¿Estás grabando la película ludo?; para que escribas algo bueno. Yo era el mayor, y no era hijo de él.

- Por eso no tenías nombre bíblico –dice Ludovico.

- Sí. El tipo que me cuajó nunca dio la cara. Mamá me quería igualito pero papá siempre me humillaba y daba palos. Me ponía a trabajar con él todo el día. Me enseño a beber y coger las burras, a la hora de la papa yo era el último en sentarse a la mesa. Cuando íbamos al pueblo a pie, yo traía la carga. Mis hermanos nunca se portaron mal conmigo, siempre me vieron como un tío. Así viví yo, allá en la carretera, campesino, pero trabajador.

Cuando tenía trece años, papá empezó con unos dolorcitos en la barrigota y le detectaron cirrosis. Yo sabía que iba a dejar la peluca. Empecé a pensar en los chivos y cómo hacer del negocio de la familia un criadero importante. Mientras los dolores lo tenían tullido en la cama, me encargué de la crianza y reproducción. Vendí escondido algunos chivitos que él no conocía y compré dos machos cabríos. Preñaban a las chivas con solo berrear. Pero cuando el pobre lava el cochino se acuesta en la cama. Papá se levantó y me descubrió, vendió lo que me había costado tanto, con la excusa de que si se tienen muchos chivos, se llama a los ladrones.

Yo andaba muy arrecho y quería eyectarme del sitio, empecé a beber más seguido, apostar, ir a burdeles y cuando papá supo, trato de echarme unos coñazos en la casa. Siempre fui grande, lo agarre y le di unas batidas. Eran las once de la mañana, andaba amanecido. Ese fue el día que mamá me corrió de la casa. Era un tripón compa, me fui a la carretera y permanecí ahí esperando que me llamaran, pero en lugar de eso salieron todos de la casa para ir al pueblo a comprar qué se yo. Me pasaron por un lado, papá ni me miró. Mis hermanos me tocaron el hombro, mi mamá me dio una bolsa con comida y un beso en la frente, y lo rechacé. Se alejaron en fila india por el hombrillo, mamá miraba hacia atrás cada cinco pasos, yo tenía rabia y les deseaba lo peor. Cosas de Dios: Una gandola venía en la curvita y se les volteo encima compa, (…) Corrí a sacarlos de esa mierda. Nada más se les veía las paticas temblando. Agarre la placa que aplastaba a mamá como si la pudiese levantar, pero las piernas de mi familia, compa, empezaron a quedarse quietas una por una, las últimas fueron las de mi mamá.

Un arrollo ascendente brota de un punto recóndito en Alejandro y le ordena llorar. Sin embargo un rápido fluvial y lacerante río contrarresta el efluvio doloroso, sumiéndolo en las profundidades de piedra, que desde allí mismo, igual dolían.

- Una noche entera la pasé besándole los labios hinchados, acaricié sus ojos borrados por el dolor, mil veces morí en sus brazos. Nadie sabe lo difícil que es llorar en trece urnas al mismo tiempo. Sentía que debía despacharme de esta vida, pero si me la quitaba no podía seguir sufriendo, y el sufrimiento era lo único que quedaba para mí. La víctima fui yo, no puedo dejar que sean ellos, ¿Hasta eso me van a quitar? (…) Quedé sólo compa, como un fusil descargado.

Miguel se pasa la mano por la nuca arrepintiéndose de su curiosidad. Ninguno puede ver al otro, así que lloran sin vergüenza. Al cabo de unos minutos Alejandro vuelve en sí.

- Vendí toda esa mierda, a un precio regalado y me fui a girar mundo. Cuando se acabó la plata corté caña, trabajé de obrero, de mesonero, de limosnero y al llegar hasta el fondo, robé. Por suerte me reclutaron en Maracaibo y encuartelado les di en el pico a varios “mi sargento”. Era muy diestro con las armas y las salidas. Me ofrecieron seguir la carrera, como no tenía nada acepté. Me mandaron para un conscripto en Farriar y ahí tiré con cuanta negra encontré. No sé cuántos hijos tengo, las mujeres saben que soy un macho cabrío y cuando salen preñadas no dicen, me dejan la peluca. Hace cinco años recibí la baja, a los dos meses llamaron ofreciéndome un cargo en la Inteligencia Militar, lo que ustedes llaman “Sapo”. Una cuenta de banco me asegura una plata quincenal así no esté haciendo nada, si hay diligencia me dan viáticos.

- ¿Qué es eso de diligencia? –Pregunta Miguel.

- Te ubican y te dicen que investigues a un tipo o una tipa, te haces amigo de él o amante de ella, si no puedes, los vigilas, llamas para dar la información y eso es todo. Los altos rangos de cada región en el componente armado saben quienes somos. Por eso me reconoció el hombre, yo he trabajado con él.

- ¿Me estas investigando a mi?

- ¿Qué coño te voy a investigar a ti? Eres más aburrido que jugar dominó solo. Yo investigaría a ludo, que no se sabe de dónde salió.

- ¿Me investigas a mi?

- Coño, por eso no digo nada, parecen unas viudas.

-Mi infancia no es tan trágica como la tuya –dice Miguel-, pero tampoco fue rosadita. Soy producto de una madre soltera. Y esta soltera no era madre hasta conocer a mi papá; un español que se vino huyendo de la guerra civil, después que un grupo guerrillero asesinara a sus padres, ya que su familia era de una casta militarista y acosadora de cualquier levantamiento armado. De hijo único pasó a huérfano, y de huérfano a fugitivo y de allí a inmigrante. Era casi un niño cuando llegó, aquí aprendió el oficio de carpintero y estableció su vida, haciendo y tapizando muebles.

Sin saber lo que deparaba el futuro para su hija, mi abuela la llevó a trabajar de sirvienta en la casa de aquel europeo de pocas palabras. Dos mas dos son cuatro y el musiú la preñó. Apenas se enteró de la gravidez de mi madre, sin mediar palabras salió a la calle y regresó con una niña, pidiéndole a mi mamá que le enseñara cómo se limpiaba y trabajaba en la casa. Mi mamá, pensando que mi papá la había ascendido a concubina, cumplió la orden, para después encontrarse sin empleo, preñada y viviendo en un rancho. En un barrio cursé mi infancia y los malandros fueron lo más parecido que tuve de amigos.

Mamá era una comerciante bonachona y muy audaz. No quiso más hombres que yo, dedicándose por entero a convertirme en el remordimiento de mi papá; decía todos los días que yo debía superarlo, y desde arriba, voltear el rostro cuando llegara, viejo y arrepentido a suplicarme perdón. No sé cómo consiguió inscribirme en preescolar a los tres años. Pero a los cuatro, ya sabía leer, sumar, restar, multiplicar, dividir y estaba en primer grado. Por un tubo me pasaron a segundo grado, publicándose en cartelera mis logros. Guama es un pueblo pequeño y allí todo se sabe. Mamá sabía que llegaría a oídos del musiú la noticia de mi precocidad y así fue.

En tercer grado participé en una Gymkhana de conocimientos auspiciada por una trasnacional, que donaría a la escuela ganadora un laboratorio de computación. El evento se dio en San Felipe, y asistieron todos los bachilleratos del estado. Pero Guama confió en éste servidor, aunque de escuela primaria, para optar por el premio.

Yo ya era un lector compulsivo, mamá se trasnochaba lavando y planchando para comprarme los libros. En lugar de jugar, me quedaba en cama después de la escuela, y leía hasta el anochecer intrigado por la diversidad y enormidad de un mundo negado para mí. A todas éstas, asistí confiado. Mamá me había dicho que la prensa y televisión iban a estar ahí, y que era mi oportunidad de hacerme notar, que debía asombrar, no sólo responder, sino hacerlo de la manera mas creativa posible, y que después de hacerlo, cuando ganara, dijera que “todo lo que yo era, lo debía a ella; una madre soltera que crió a su hijo sin la ayuda de nadie”. Que después de eso, no solo íbamos a darle un gancho al hígado al musiú, sino que el mundo estaría asombrado de mi ingenio, madurez y humanidad. Que de allí en adelante la vida sería una escalera mecánica para mí, saldríamos del barrio, y tendría acceso a todos los libros del planeta.

La Gymkhana fue un paseo; preguntas de libros de texto, cuando en mi arsenal de memoria llevaba un sin número de enciclopedias y libros avanzados, literatura e historia. Mamá dijo que no asistiría para darle más misterio a la cosa, y cuando soltaron la primera pregunta les indiqué al jurado que estaba mal formulada, pues el descubrimiento de América no había sido tal; en mil cuatrocientos noventa y dos, se institucionalizó esa información, pero ya los asiáticos y normandos habían visitado éstas tierras siglos y siglos atrás, de ello reposan antiguos documentos mal interpretados por la cultura occidental. Que este país no había salido del coloniaje y la desinformación imperial, mal de todos los pueblos oprimidos.

Por supuesto llegué de segundo lugar, aunque siempre respondí primero y acertadamente, pero una conversación del jurado con los organizadores del evento, hicieron que éstos me quitaran puntos por “conocimientos irrelevantes y sin asidero histórico”. De todos modos la predicción de mi madre se cumplió casi en su totalidad, el catirito que ganó, apenas le prestaron atención y los medios se concentraron en mí. Di el discurso que tenía preparado y lo adobé con un relato breve de mi infancia para condimentar la cosa.

Salí casi en hombros de mis compañeros y afuera me esperaba el español. Viejo y arrugado, con sendo tabaco en la boca, botando humo como tren de vapor. Me observaba con ojos de águila arpía. Me acerqué a él con la barbilla en alto, pecho firme, y le miré desafiante. El viejo retiró el tabaco de su boca y me dijo “Indio inteligente, esclavo eficiente”.

Me dejó parado allí, llorando, víctima del peor insulto que jamás he recibido…

Sin muertes, ni descarrilamientos, la infancia de Miguel logra deprimir a sus compañeros, el silencio vuelve a apoderarse del hueco.

- Me costó muchos años superar aquel debacle. Mamá lloró mucho conmigo, se esforzó el doble y me inscribió en la universidad, yo escogí ser publicista porque la gente ya me contrataba para esas labores, y con la paga ayudé a mi madre a costear mis estudios. Me gradué con honores y no fui a buscar el título porque para ese día, ya me encontraba trabajando en una agencia de publicidad y debía presentar una gran campaña a una prestigiosa empresa de muebles. Obtuve la cuenta y con ella, la jefatura del departamento creativo. Compré una casa para mi mamá, su profecía se cumplía.

El musiú enfermó. Cáncer terminal. Y mandó a buscarme con una mujer que al parecer era la sirvienta que suplantó a mi mamá. Sus pulmones reventaban de flema; Su doméstica me contó que a veces estaba hablando, y en medio de una palabra dejaba de respirar, miraba el suelo por varios segundos y cuando el aliento volvía, seguía la frase como si nada hubiese pasado. Mi mamá, contrariando todos mis pronósticos, me ordenó ir a perdonarlo, que ya estaba bueno y que la gente merece irse en paz.

Yo en cambio le llevaba preparada una buena: “¿Qué sale de una india valiente y musiú cobarde?: Un zambo inteligente”.

Llegué estoico a su lecho mortuorio. El viejo me miró con la misma mirada de águila. Estaba a punto de soltarle la puñalada cuando me preguntó: “Cómo está el trabajo” Le dije que bien, entonces me dijo:

“Tienes toda la razón para odiarme, pero no puedes negar el hecho de que te ayudé a ser lo que eres. Vigilé todos tus pasos, me enteré de todo, pero debías superarme. Eso le dije a tú mamá cuando se fue, le dije: “Si el muchacho es mío, me supera, si no, es un indio más”. Y ya ves, si eres hijo mío; sin poner un clavito y en poco tiempo, derrumbaste lo que me costó una vida entera levantar. La empresa que ayudaste con tu oficio de publicista, me tiene quebrado, no puedo competir con sus precios ni con su popularidad”.

Permanecí parado, botando profusas lágrimas sin gesticular, hasta que el anciano murió con una sonrisa en los labios. Lo enterramos mi madre, la doméstica y yo. En una urna que el mismo construyó. Mandé hacer un panteón para él con dos estatuas, un indio y su hacha enfrentando a un colonizador a caballo y espada.

Transcurrió mucho tiempo antes de oírse alguna palabra de los reos.

- Mis respetos, Miguel –dice Alejandro.

-Mis condolencias –agrega Ludovico.

- Y mi remordimiento –termina Miguel.

- Ya que ustedes dijeron todo eso, me siento obligado a contarles mi pasado. Mi familia es rica, muy rica. Mis padres eran personas muy ocupadas, así que permanecí toda la infancia al cuidado de una “nana”, como me enseñaron a llamarle. Esta mujer madura, pasaba su tiempo libre en el escritorio de mi papá mirando los libros de poesía, más no sabía leer. Yo quería como una madre a aquella señora, la veía tan sumisa y callada ante mis padres y sus amigos. Algunas noches escuchaba su llanto solitario pues su habitación estaba frente a la mía. Entonces iba a consolarla y a hacerle morisquetas, las cuales premiaba con besos y abrazos que tanto me hacían falta. Cuando estuve en edad de leer, saqué un tomo de la biblioteca privada de mi papá, recuerdo que se titulaba “Las quinientas poesías más famosas del mundo”. Durante varios meses se las leí, y ella lloraba de felicidad. Traté de enseñarla a leer pero fue imposible, ella decía que no estaba hecha para eso, y que se conformaba con lo bonito que yo las leía. Iniciamos un juego que consistía en un contrapunteo de poesías memorizadas, y al cabo de dos años, devolvimos el libro pues ya no lo necesitábamos. Recuerdo que su poesía preferida era un soneto anónimo que se atribuía a un monje de un monasterio, y decía más o menos así:

“No me mueve, mi dios, para quererte
El cielo que me tienes prometido
Ni le temo al infierno, tan temido
Para dejar, por eso, de ofenderte

Muéveme mi dios, muéveme el verte
Clavado en una cruz y escarnecido
Muéveme el ver tu cuerpo tan herido
Muévenme tus afrentas y tu muerte

Muéveme, en fin, tu amor de tal manera
Que si no hubiera cielo, yo te amara
Y no habiendo infierno, te temiera

Así que no me tienes que dar, porque te quiera
Porque cuanto espero, no esperara
Lo mismo que te quiero, te quisiera.”

- Faltó poquito para que me convirtieras –dice Miguel.

- Déjamelo quieto –regaña Alejandro-, esa sirvienta me recuerda a mi mamá.

- Una noche de llanto que quise callar con poesía –sigue Ludovico-, no dio resultado. Nana estaba muy triste y sumida en sus recuerdos. Le pregunté qué la hacía llorar tanto, y ella me respondió que lloraba por una poesía perdida. Le dije que teníamos quinientas y había más en la biblioteca para leer. Ella me dijo que la poesía perdida no se podía recuperar. Fue la poesía que le escribió su madre antes de morir, y luego de su muerte la había acompañado de familia en familia mientras la niña era regalada como fuerza de trabajo. En la última casa donde sirvió, le dijeron que buscara dónde irse porque ya estaba vieja y no querían tener que vérselas con las enfermedades de la senilitud. Entonces había recurrido a mis padres y éstos vieron en ella la posible mamá sustituta para mí. Ella había regresado a la antigua casa donde servía, para buscar sus escasas pertenencias, pero se encontró con que éstos habían hecho “una operación limpieza” y habían botado, junto a los papeles inservibles de la casa, la poesía que tanto adoraba. Ella se dirigió corriendo a la basura, pero el aseo urbano estaba arrancando con su valiosa carga. Corrió tras ellos y éstos se frenaron. Explicó en medio de lloros y gemidos su problema. Nada pudieron hacer, pues habían accionado el mecanismo de compactación, y la basura fue tragada por la maldita máquina. Intentó convencerles de abrir el aparato y se negaron con razón, si lo hacían, debían echar a la calle el contenido completo de la carga, y eso les traería problemas laborales. Nana no se rindió, montándose como ellos en la parte posterior del camión, fue a dar un recorrido recogiendo basura para ganar su simpatía. Al final de la ruta, se dirigieron al botadero municipal y frente a al rostro expectante de la mujer, vaciaron la carga. Ella se zambulló como uno más de los zamuros, peleando con los animales de rapiña para escudriñarlo todo. Nunca la encontró. Y lo que más le causaba dolor era que no había reunido fuerzas para pedirle a alguien que se la leyera, y jamás iba a saber lo que su mamá le escribió.

Lloramos mucho tiempo en su cama y nos quedamos dormidos. Al amanecer mi madre nos encontró abrazados en la cama, e hizo un escándalo acusándola de pederasta. La echaron como una perra sin arreglo ni prestaciones sociales. Nunca los perdoné. Tampoco volví a verla y fueron en vano todos mis intentos por encontrarla. Mi juventud había sido sellada por la crianza de mi nana y adopté su timidez. Concluí el bachillerato y no quise ir a la universidad. Mi padre me tenía a menos y a cada rato me enjuiciaba por mi decisión. Entonces me enamoré de una muchacha pobre con las características de mi nana, y me fui de la casa a vivir alquilado con ella. Así conocí la pobreza y me quedé ahí. Mis padres me ayudan de vez en cuando y acepto sólo si estoy en la inopia.

- Yo sabía que eras un gran güevón –dice Alejandro- pero no imaginé que fueras sunma cunlaude.

- ¿Esa es la mujer por quien te la pasas llorando? –Pregunta Miguel- ¿Por qué se dejaron?

- Simple, ella odia mi forma de ser. Y no quise cambiar.

- ¿Te das cuenta para qué sirve ser poeta?

- ¡Para nada! –gritan los tres y se echan a reír.


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INTENTOS DE LA NIEBLA

Poemas escogidos del libro inédito de poesía:
"Intentos de la niebla"

Hipotálamo


cansado y doliente
que ya hice esto
de alguna manera
Engañado
y por error
Caí
de la tiniebla
llenado de ecos
otra penumbra

Estalagmita


No haré ruido
Estaré aquí
Quieto
Quizá con suerte
se desprenda el verbo
y yo
me lo trague

Deriva

Paseo
por el mundo de los demás
sintiendo náuseas
de otro mundo
el mío

Grillete

Cuánto soy
Para quién
Sin esto
he querido recomenzar
y el pié
terriblemente atorado
quedó
atrás


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LAS GRIETAS DEL SOL

Selección del libro inédito de poesía:
"Las grietas del sol"
-
06:00 AM

Luces repentinas agotadoras cargadas
lumbres viajando inalcanzables volátiles
destellos diamantinos desperdigados inaccesibles
rayos estremeciendo días impredecibles
fulgores desesperanzados depresivos incontables
luminiscencias fatuas inconformes cromáticas
bujías insondables traspasando oscuridades
refulgentes incisiones abrillantadas fatálicas
radiaciones rebeldes peligrosas insidiosas
centellas sorbiendo todo incontrolables
relámpagos descuartizando vapores potentes
chispas infernales quemando dolorosas
velas espantando sombras impúdicas
candelas sonriendo malignas raudas
combustiones espirituales expiando detonaciones
claras en la osamenta de la mente.

09:00 AM

La verdad tiene una sombra sonriente adherida a la espalda, los goces, sus tinieblas. El niño envuelve la certeza y sabe que es aparente; el guaral se enrolla sistemático sobre el trompo: una araña saciada que teje su mortaja infantil sobre la masa inerme. Irrumpe el mundo de madera con pupila de esponja, el equilibrio es determinado por un vistazo instintivo. El dios esperanzado y seguro levanta el brazo, el universo se aparta de su trayectoria omnipotente, todo se detiene, abre los dedos divinos, la creación viaja expelida al vacío, un solo hilo mantiene adherido el trepidante objeto a la voluntad de poder del creador. El trompo se aleja como una bailarina loca incendiándose en las tablas, despojándose de las vestiduras hasta desprenderse de la gargantilla; su última prenda. Ya sola, mira de soslayo al niño mientras desciende hasta las grietas del ser. Estrellándose en el mundo, gira de cabeza, encontrando la muerte progresiva. El pequeño dios corre hacia ella decepcionado, la levanta del suelo, osculta los daños y vuelve a amortajarla pensando en que algún día bailará como un sol sobre la tierra.

12:00 MD

Abre los ojos: El sol brilla. Cierra los ojos: El Sol brilla. Aún lo ve como un disco rojo entre los párpados y el iris. Se lleva las manos a los ojos: El Sol brilla, seguro se está rostizando la piel de las manos. Entierra la cabeza en un barril mohoso lleno con agua fría: El Sol brilla, los rayos irrumpen en el agua coloreándolo todo. Mete el resto del cuerpo en el barril: El Sol brilla, va a morir ahogado. Está perdiendo la conciencia: El Sol brilla… Seguirá brillando y brillando el condenado, mientras él estará inmóvil en un barril mohoso con agua fría bajo el sol.

06:00 PM

Te veo, estás en el borde del pozo, el gesto no llega a iluminarte el rostro, rayos solares bañan de polen tu cabellera. He nadado en esta oscuridad casi una vida, siendo tan hombre como escuálo, demostrando la fortaleza de quien no se cansa; ¿Y quién iba a cansarse contigo en la orilla? Cada brazada –o coletazo- fue más un impulso de voluntad que una resistencia a la muerte; por ti seguí nadando y no me entregué a la espesura, que del fondo llama a la eterna quietud decantada, dulce líquido haciéndose dueño del pecho.
Ahora, cuando la antigüedad me hace sentir el cansancio, y el silencio de tus labios insensibles se confabula con tus ojos cerrados, siento el alma barco de plomo, los brazos, de coral.
La luz hace media corona en el túnel del pozo, solo tú sombra rompe la muerte que me circunda, porque allí arriba viertes esa indiferencia total en la pared mohosa.
La tarde se sienta, las hebras tuyas, en auroras doradas vuélvense crepúsculos. Sigo aquí en la noche ignominiosa implorándote auxilios y atenciones, pero sigues allí exigiendo fortaleza, que llore hasta llenar el pozo; entonces tú podrás extenderme la mano cuando ya esté cerca, lo suficiente como para salir solo.

11:00 PM
Entré al barrio
El reflejo de los televisores
chorreaba debajo de las puertas
Los párpados semicerrados
vigilaban insomnes
Algunas sombras acechaban
al primer desconocido
Era un barrio demasiado misterioso
para criaturas extrañas
La luz del centro y los comercios
agonizaba en las veredas

…Y pensar que sin esta gente
Los ricos no verían luz…

04:00 AM


Que siga el mundo claro con sus pompas y serpentinas, yo voy a esconderme en una grieta a perseguir demonios aterrorizados. Ejecutaré una terrible venganza contra mí, será tan despiadada que la maldad huirá dando voces de lastima, ¿quién podrá superar mis llamas negras? Ni el sol alumbrará mi inmundicia o la tiniebla tendrá la potestad de rodearme.

Estar muerto es demasiado fácil para un castigo, el juicio eterno es una obra de arte tenebrosa, escribirse la agonía en el cuero cabelludo o limpiar la mugre con mi dignidad ensangrentada, volver una y otra vez al recuerdo doloroso hasta que se haga piel hedionda sobre el hueso.

Me negaré el saludo y el habla, preocupándome de hacerme un enemigo intransigente, no daré tregua hasta destruir los deseos benévolos que me tengo, segaré toda oportunidad de gloria o redención.

Si no pude hacerme feliz, por lo menos me erguiré como el más miserable.

05:00 AM

Sombras profundas tenebrosas tinieblas
retorcidas agujeradas lúgubres penumbras
sinuosas noches inanimadas gimiendo
enlutadas carencias enjambres pardos
informes desconsuelos dolientes misteriosos
marchitos limitados pusilánimes mohosas
cavernas intrigantes pretensiones perdidas
ansiedades desastrosas culpas ignorancias
injusticias caliginosas subterráneas calamitosas
intrigas corruptas malagueñas incurables
derrotadas escarbando hediondos basureros
opacos embutidos quebrantados pordioseros
llorando sobre el cadáver de los sueños.
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CUENTO CON CARAOTA Y QUESO

Muestra del libro inédito de relatos:
"Cuento con caraota y queso"


Mi hijo Sansón

Siete kilos ciento cincuenta gramos pesó el hijo de Dalila.

La cesaria fue un éxito: Treinta y cinco puntos verticales. Un procedimiento obsoleto, ya que el nuevo método exige un corte horizontal en el bajo vientre, pero de haberse hecho, le habrían dado la vuelta con el bisturí, abriéndola como una arepa para sacar la criatura. El esposo decía ante los medios que Dalila estuvo los tres últimos meses postrada en cama con muchas dificultades para respirar, según los diagnósticos, el feto presionaba los pulmones reduciendo la capacitad respiratoria de Dalila en un cincuenta por ciento. Los doctores no se explicaban cómo el bebe pudo presentar un desarrollo tal, si mantuvieron a la madre con una dieta estricta basada en hortalizas y la paciente no presentó diabetes durante embarazo.

Sansón –qué otro nombre podían darle– nació sano y fuerte, de ojos abiertos y una sonrisa mas dentada que un camión de serruchos. Durante la filmación del parto el doctor pensó que el feto estaba completamente cubierto de bello, pero al sacarle del vientre pudo constatar que había heredado la mítica melena de Sansón.

Los primeros días de cuidados –hablamos de la madre, quien necesitó de terapia intensiva– fueron críticos: Los cirujanos plásticos intentaron reconstruir la flácida y colgante forma de la barriga, mediante un procedimiento quirúrgico llamado dermoliposucción; que consiste en licuar con láser los excesos de grasa, y devolverle así su característica y pancina virtud.

Por su parte los ginecobstetras atendían a Sansón. Analizaban los datos cualitativos y cuantitavos de sus exámenes sanguíneos. Datos neurológicos, cardiovasculares, motrices y hormonales, dando el sorpresivo diagnóstico de un impúber completamente sano de siete kilos ciento cincuenta gramos con axilas peludas y melena de sansón.

Después de unas semanas de constantes pruebas, madre e hijo fueron dados de alta un trece de Abril del año en curso, con una prescripción breve pero precisa: “Alejar al infante de cualquier persona que llevase el nombre de Dalila” Cosa que preocupó mucho a Dalila.

El estado, por supuesto, dando muestras de celeridad y oficioso altruismo, gestionó los cambios necesarios en la identificación de la madre, asignándole el diminutivo de “Lila” –más molestias para la madre, pues su esposo firmaba “Morillo”–. No habiendo alternativas, la madre aceptó el nuevo nombre, y se emprendieron las acciones legales. Una vez nominada, Lila Morillo tuvo que aceptar a regañadientes, la colocación de una valla del gobierno regional frente a su casa; el rostro del presidente junto al del gobernador, flanqueaban el siguiente epígrafe:

“Otra obra de la gobernación”.

El padre, consiente de las dificultades futuras, mandó construir los enceres de su hijo en hierro forjado. Empleando para andaderas, coches y juguetes, piezas de vehículos. Aún así, no resistieron los embates de Sansito, que a tan corta edad, usaba un tripoide como mamila.

Los primeros meses fueron arduos y laboriosos, los tiernos siete kilos de Sansito se convirtieron pronto en ciento noventa kilos de masa muscular, el bello creció por sus nudillos y mandíbula, convirtiendo al bebe en una especie de Goliat contemporáneo babeando la mollera de la madre, quien se valía de una pala para sacarle los gases. Aquí el gobierno volvió a hacerse sentir, donándole a la madre, una dote de leche de soya MERCAL que ascendía a la cantidad de nueve barriles mensuales, colocando una nueva vaya frente al hogar de la popular familia con está dedicatoria:

“Sansito es grandote y toma soya… ¿Tú no?”

Las vayas causaron su efecto y la venta de la leche de soya subió un noventa por ciento, colocándose como artículo de primera necesidad en todas las edades. Luego el gobierno rebajó su precio para hacerla más adquisitiva a los estratos “D” y “E”. Los estrategas del mandatario regional estaban entusiasmados con el potencial mediático que representaba Sansito, y plantearon al gobernador el emprendimiento a gran escala de una campaña publicitaria en diferentes conceptos de la vida del trabajador.

Una tarde, mientras Sansito gateaba –solo tenía diez meses de vida–, una comisión hizo aparición en la casa de la familia Morillo. Los altos ejecutivos traían consigo un camión cargado con cincuenta bultos de pañales para adulto, la tradicional dote de leche de soya, treinta cuñetes de compota nacionalizada, veinticinco pliegos de las nuevas toallitas húmedas marca CASA, y un maletón con ciento cincuenta mil bolívares fuertes, ofreciendo a la familia introducir al mercado publicitario la vida del infante.

Los ciento cincuenta mil convencieron inmediatamente al padre, la madre, más perspicaz, condicionó el retiro de las vayas y el respeto a la infancia del niño para aceptar la propuesta. Una vez acordados, la comisión se marchó alabando la travesura de Sansito, que frente a los distinguidos secretarios de gobierno, sembró una plasta de medio kilo en la grama del patio, diciendo “mami… soya popó”.

Sansito se convirtió rápidamente en el centro de atracción de los medios, dio sus primeros pasos en televisión calzando unos botines de “Cooperativas Juanete”. Multiplicó las ventas del automóvil “Centauro” al declarar por RNV, con su voz gutural pero infantil, que “Sansón mato un león, un burro, pero nunca un centauro”. Triplicó la demanda de acero, éste estratagema lo consiguieron al presentarlo en un comercial, fallando en el intento de arquear los barrotes de su corral, construido con cabillas “SIDOR”, seguido del eslogan: “Pura Cabilla”.

La madre de Sansón Morillo, protegía la integridad moral de su hijo negando su participación en al inauguración de obras públicas por parte del gobernador, decía que “cualquier cosa menos decir mentiras”, alegando que su hijo era “el Gigante de la Revolución”, y no podían contaminarle la imagen presentándolo junto a una figura que a leguas “está buscando congraciarse con el presidente para tapar la fallas de su gobierno”.

Sin embargo la vida de los Morillo había cambiado sustancialmente, el padre: San Luís Morillo, se había posicionado muy bien en el estrato de la “Clase Media en Positivo”. Tenía cuantiosas ganancias gracias a la publicidad de Sansito. Había invertido y cosechado el éxito haciéndole competencia a los tractores VENIRAN, por medio de una cooperativa fabricante de maquinarias agrícolas llamada “San & Son”.

La madre permanecía escéptica a los movimientos sociales y bursátiles de su cónyugue, pues opinaba que “el socialismo, se centraba en un nuevo enfoque de las necesidades del pueblo, y no en la radicalización del consumo” advirtiéndole a su marido que su hijo no podía crecer en un mundo tan ingrávido como el de los medios, pues su mente se confundiría y “no se podían prever las consecuencias del propagandismo politiquero en sus acciones futuras”.

Mientras tanto, el sueño de la madre de ser convocada por el primer mandatario nacional se veía frustrado al no recibir señal alguna desde la Casona, pasaban los días, su hijo crecía y así mismo se desarrollaba la riqueza del padre, originándose nuevas disputas conyugales por los distintos enfoques sociales, un día, mientras Sansito levantaba pesas –no encontraron otra ocupación que darle, su pasatiempo era levantar los muebles–, la madre encendió el televisor sintonizando VTV. El presidente daba un discurso llamando a los diferentes actores patrióticos de la vida nacional a sumarse a un “Partido Socialista Unido Venezolano”, “hablando de los “cinco motores” y “los Concejos Comunales” y “Las Tres R”.

Sansito, a quien la madre había acostumbrado desde el primer mes a ver las cadenas del presidente, arrojó a dos metros sus mancuernitas de cincuenta kilos para sentarse frente al televisor, rascaba los cañones de su barba meditabundo mientras con el dedo de la otra mano se acariciaba el tupido bello del pecho, sonriendo a los chistes y anécdotas del presidente del proletariado.

“Todos aquellos que disfrazados de revolucionarios, se enriquezcan a costa de las penurias y miseria del pueblo, no son más que Filisteos” Decía el presidente mientras el padre, desde el salón contiguo, revisaba sus cuentas, “Quita eso Lila… Ya el mono se está volviendo loco” gritó el señor Morillo. Lila le respondió a gritos “acuérdate de dónde venimos, y hacia dónde vamos”. “Mi vaina me la gané yo, y voy donde me de la gana…” –respondía él.

Esta discusión retumbó en la mente de Sansito, quién volteó hacia su padre y le miró inquisitivamente, “…es más, esto no es revolución, esto es un capitalismo de estado”. Sansito se levantó yendo directamente hacia su padre. Cuando estuvo frente a él lo tomó del cuello como quién toma una gallina y lo levantó treinta centímetros del suelo, gritando “Papi filisteo…Papi filisteo”, mientras le propinaba un gancho al hígado que lo dejaba sin aire.

La golpiza era brutal, la madre trató de interponerse, asiendo el antebrazo de sansito con ambas manos, pero en nada lograba frenar un brazo tan ancho como su pierna. Ante el inminente parricidio recordó las palabras de los médicos: “Por nada en el mundo dejen que su hijo se encuentre con una persona llamada Dalila”.

En su desespero, corrió a su habitación, buscando la vieja partida de nacimiento donde se exponía claramente su nombre al nacer: “Dalila”. Enrolló el papel a modo de tubo y propino en el fornido lomo del hijo un leve papelazo que le desmayó en el acto.

El padre, convertido en un chichón de chichones, se levantó a duras penas y se alejó del cuerpo inconsciente de Sansito, vocalizando insultos e improperios al presidente y su discurso, e inmediatamente fue a buscar una tijera para cortar la melena de Sansito y así acabar –no había leído la Biblia, pero vio la película– con la fuerza de su hijo. Lila Morillo, arrepentida de haber frenado a su bebe, trató de salvar la cabellera de Sansito, pero un derechazo en el ojo la puso a vomitar cambures. Cuando pudo reponerse, ya el marido había peluqueado al niñote y éste temblaba como un guiñapo de carne en el suelo.

El síndrome de Sansito fue diagnosticado en el CDI como: “Meningitis Revolucionaria”, y ésta había acabado con la fortaleza de las articulaciones del paciente, así mismo con la capacidad ver más allá de sus narices. La LOPNA se hizo cargo del niño–hombre y lo mantuvo alejado de sus padres dándole por vivienda un Simonsito que se encontraba diagonal a la gobernación.

La campaña de Sansito se interrumpió y la figura del Gigante de la Revolución pasó al olvido. A Sansito lo sacaban cada día a la plaza Bolívar frente al palacio de gobierno a tomar sol, y éste sólo podía oír las consignas de los obreros esperando al gobernador para hacerle sus peticiones y reclamos. Sindicatos, misiones, maestros, Organizaciones civiles de vivienda, se apostaban en las escaleras del palacio con la esperanza de ser escuchados.

Un día, sentado en su silla de ruedas, Sansito escuchó la voz de su padre que llegaba desde la escalera del palacio de gobierno. Éste descendía junto a un equipo de secretarios de estado y se preparaba a abordar una Homer de lujo para ir a sus trances con los funcionarios. El padre vio a Sansito y detuvo su marcha para gritarle:

“Hay Sansito
Andas pegado a la olla
Te ves tan deslechadito
¿Se acabó la leche de Soya?”

Sansito, que sólo tenía cuatro años, rogó a su papi El Presidente la fuerza para vengarse del traidor. Y así los mirones de la plaza vieron como de las pelonas de Sansito emergieron sendos rulos y la fuerza retornó a su cuerpo. Incorporándose de su silla, la tomó por una rueda y la disparó hacia el séquito de políticos que se burlaban de él, emprendiendo una carrera feroz en persecución de los farsantes, éstos se apresuraron a ocultarse en el interior del palacio, cerrando las puertas tras sí. Cosa que no detuvo la ira de Sansito, quien se colocó entre las columnas del palacio de gobierno y dijo:

“Papi presidente:
Dame la fuercita
que con mi ultima lechita
yo me echo estos delincuentes”.

Y estruendosamente las columnas se movieron y traquetearon y chirriaron y plas, plis plus…se vinieron abajo. Pero Sansito como era Venezolano salió corriendo y no se quedó para que los aplastaran a él también. Porque era Sansón, no pendejo.

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Ensayo sobre El Demonio Raquítico

Arístides Valdés. Poeta Cubano graduado en medicina. Ganador del concurso Iberoamericano Cucalambé (1992) y galardonado en otros tantos: Premio Fayad Jamís (1993) Premio a la décima ( 2003) y antalogado en “Nuevos poetas Cubanos”.

DE RAQUITISMOS Y DEMONIOS


Uno de los filósofos más populares de la historia moderna – y así lo confirma cierta joven encuesta realizada en un país del viejo continente – afirma que conoció mejor a la sociedad francesa por su lectura de las obras de Balzac que por el estudio de los cronicones de la época. Con ello, probablemente, se arriesgó a conocer el valor de la literatura como testimonio de los hábitos y también - ¿por qué no?- de las aberraciones con que suelen transitar por la existencia los grupos humanos que coexisten en una ubicación espacio-temporal determinada.

De la trascendencia de la creación literaria como instrumento nada desdeñable y, consecuentemente, como arma de poderosísima eficacia en el proceso de disección de la anatomía social de nuestros pueblos, parecen estar hablándonos todavía muchos poemas de Vallejo y de Neruda y de Andrés Eloy Blanco, y memorables narraciones de Rodolfo Walsh y de Harold Conti, escritores – estos últimos- desaparecidos gracias a la “bondad” de satrapías apadrinadas por aquellos que, tradicionalmente, se han empecinado en erigirse como arquetipo de administraciones democráticas.

Conste que con lo anterior no pretendo menoscabar la significación de autores cuyas obras, signadas muchas veces por un exceso de lastre culturalista, nos lo muestran ajenos a las ulceraciones que corroyeron el cuerpo de su entorno. Se trata, simplemente, de admitir que el acercamiento a la inmediatez no siempre redunda en detrimento de la calidad artística.

Marco Gentile, escritor Venezolano nacido hace treinta años en Barquisimeto y radicado en Yaritagua, acaba de entregarnos, a través de la editorial “El perro y la rana”, el que constituye, felizmente, su primer libro publicado. El demonio raquítico, más allá de la plausible imaginería de su autor y de su aparente recorrido por los territorios de la narrativa fantástica, corrobora con creces la aseveración involucrada en los párrafos anteriores. Cada una de las cuarenta y siete fabulaciones que lo conforman, siempre tocadas por ese ángel de la brevedad que, de alguna manera, nos induce a rememorar una parte del quehacer de Augusto Monterroso, impresiona, en primer lugar, por su incuestionable nivel de sugerencia.

Y, dicho lo precedente, me apresuro a explicarme: con la utilización de un lenguaje distanciado de las enunciaciones crípticas y sin afanes esnobistas ni renovadores, este narrador yaracuyano consigue insuflarle a sus miniaturas un indudable y bien logrado aliento parabólico. La limpieza expresiva, el humor, la ironía –tan exquisitamente manejada- y, sobre todo, ese reverenciable avecinamiento con los aires de la sátira que se respira en el trasfondo de sus textos, transparentan la lectura de tal modo que el mensaje adquiere sus verdaderas dimensiones cuando el lector, previamente avisado, imbrica la sugerente fantasía explicitada en la escritura con los referentes de esa otra realidad tangible y, en apariencias, escasamente socorrida donde, a la sombra de actitudes conductuales afiliadas al hombre, también pululan los demonios. Quiero indicar con esto que, aún cuando la urdidumbre narrativa de los cuentos se nutre de elucubraciones simbólicas, una considerable porción de tales alegorías, al ser trasladadas al universo de la cotidianidad y concatenarse con este, admite la necesaria resemantización a la que, a mi juicio, aspira la voluntad del creador.

Dada la sencillez escritutaria del cuaderno, quien los disfrute puede prescindir perfectamente de innumerables y tediosas visitas a las bibliotecas para desentrañar su contenido. Detrás de toda esa alegoría de personajes que deambula por sus páginas –ocumos, topochos, tortugas neonatas, deportistas octópodos, etc,- no es difícil vislumbrar el tránsito del hombre por los senderos de su hábitat, siempre sensible –unas veces por la escasez de claridad; otras, por la interesada manipulación de la ceguera que le ha impuesto la inopia- a los desafueros pergeñados por el maquiavelismo presupuesto en las actuaciones censurables, y en el raquitismo de las pasiones demonizadas que suelen secundarlas.

Recurriendo a los menesteres de la cirugía, Marco Gentile desenfunda su escalpelo y nos conduce al reconocimiento de las pústulas que deslucen el rostro de su tiempo. Con el libro que nos ocupa, donde se muestra dueño de atinados recursos expresivos, se incorpora – y creo que con alas de envergadura suficiente para incrementar la longitud del vuelo- al vasto panorama de la narrativa facturada en estos lares. El demonio Raquítico le ha de granjear, sin duda, un número considerable de lectores. En él, como en todo espejo, no es imposible descubrir manchas intrascendentes. Pero como quiera que hablar de las tinieblas donde la lumbre purifica, es una obra que atañe solo a quienes no saben ser agradecidos, yo considero válido el deslumbramiento al que nos convoca la luz derramada en este volumen de relatos, entre otras cosas porque quizás dentro de un par de siglos alguno de los filósofos de entonces no tema arriesgarse a pronunciar, a propósito de una hipertrofiada ejecutoria literaria que comenzó a gestarse durante los primeros años de la actual centuria, una apostilla que, salvando las distancias, pueda recordarle a los bibliófilos del futuro, la suscrita por el insigne alemán luego de su fructuoso aprendizaje con las novelas de Balzac.

Hacia los márgenes del círculo


La luz. La oscuridad. El sol. La sombra… Y en el centro del círculo – donde asistimos a la perpetua lidia sostenida entre ambas entidades – el hombre y su dudosa pequeñez asiéndose al empeño insoslayable y caprichosamente humano de conquistar, no ya la preponderancia demoledora, sino apenas una mínima inclinación de la balanza favorable a las iluminaciones que precisa para su realización como individuo.

Negado a sucumbir, el hombre asómase a la esquivez de las palabras, contiende con su ríspida envoltura, sube hasta el verbo encabritado, se ordena domeñarlo y emerge de esas aguas turbulentas convertido en un incipiente componedor de versos. Y ya sabiéndose propietario, a fuerza de vívidos afanes y de un empecinamiento proverbial, del arma y la panoplia requeridas, el poeta – una tercera entidad zarandeada por los embates de la liza –, luego de ofrecerse a la interiorización de las penumbras que le impedían aproximarse hasta los límites barreados del redondel que habita, vislumbra los resquicios a través de los cuales habrá de encaminarse su existencia hacia los territorios de las irradiaciones perseguidas.

El poeta llámase Marco Gentile y, afortunadamente, hace alrededor de dos años abandonó los predios de la ineditez con una colección de cuentos breves publicada por esta misma editorial y merecedora de uno de los premios del Certamen Mayor de las Artes y las Letras 2006. El fruto de su tránsito en torno a los avatares que suelen acibarar la vuelta inevitable al polvo del cual nos levantamos; el corolario apuesto de la introspección de sus angustias, de su sometimiento y atinada conversión en material nutricio para el intento alado con que se obstina en convocarnos el poema, es este manojo apretadísimo de líneas que ahora se dispone a presentarse a la mirada del lector.

Heredero de una tradición cuya espiral se inicia en Venezuela con el neoclasicismo de Andrés Bello, roza la vibración romántica de Juan Antonio Pérez Bonalde y, estrenada la centuria de los ismos, asciende a la singularidad de Ramos Sucre y al indudable magisterio de Gerbasi para continuar fortificándose gracias al quehacer de ineludibles creadores afiliados al diapasón de la contemporaneidad, con Las grietas del sol Marco se arriesga a incorporar su voz a ese concierto polifónico que es hoy la poesía. Y lo hace, a mi juicio, en el momento justo: ya pertrechado con un arsenal considerable de vivencias.

Dispuesto de manera tal que su lectura nos permite acercarnos a cada una de las venticuatro campanadas que fragmentan al día, este cuaderno se fundamenta en los apuntes de un sujeto lírico atento a los matices, a las oscilaciones anímicas afines a ese consabido itinerario que conduce a los hombres y, consecuentemente, al fardo de aspiraciones que los nutre, desde el amanecer hacia su antípoda, desde el alumbramiento hacia la muerte. De ahí que su pórtico no pueda ser otro que una enumeración de referencias luminosas:

Luces repentinas agotadoras cargadas
lumbres viajando inalcanzables volátiles
destellos diamantinos desperdigados inaccesibles
rayos estremeciendo días impredecibles
fulgores desesperanzados depresivos incontables
(…………………..)
radiaciones rebeldes peligrosas insidiosas
centellas sorbiendo todo incontrolables
relámpagos descuartizando vapores potentes
chispas infernales quemando dolorosas

(06:AM)

Pero el poeta escribe consciente de que cualquier exceso es sospechoso y, por lo mismo, esa degradación un tanto dolorosa y contrastante que apreciamos en el fragmento anterior no es otra cosa que un anticipo de las piedras – entiéndase máscaras, oportunismos, decepciones, tozudas decadencias – que habrán de obstaculizar su paso y, paradójicamente, justificar su participación en ciertas lides. Quizás por ello en ocasiones su lenguaje se clarifica en extremo y, aproximándose al empeño de cuestionar probables vecindades, el verbo se nos entrega rememorando el golpe súbito de la flecha sobre el blanco escogido:

Hoy
muchos se enorgullecen de llevar una aureola
e imaginan un día en que la suya
sea las más brillante de todas

Surcan las calles exhibiéndola
Y aunque hieda
no pueden dejar de usarla

(05:PM)

La oportuna alternancia del verso libre y de las prosas poéticas y el premeditado acercamiento de las últimas a los terrenos de la narrativa, les confieren al libro la variedad suficiente para la sustracción de la monotonía formal o enunciativa. Su cierre, por supuesto, le exigía al autor otra enumeración caótica que, elaborada sobre la base de alusiones simbólicas a los laberintos de la sombra, fungiera como antítesis de las luminiscencias apuntadas al comienzo:

injusticias caliginosas subterráneas calamitosas
intrigas corruptas malagueñas incurables
derrotadas escarbando hediondos basureros
opacos embutidos quebrantados pordioseros
llorando sobre el cadáver de los sueños

(05:AM)

Si bien el recorrido a lo largo de Las grietas del sol en apariencias tiende a emponzoñarnos con el desagradable olor del pesimismo, para un ojo avisado, sin embargo, el saldo es positivo. Dada la circularidad o el carácter esferoidal que se consigue con la identificación horaria de los textos, el libro finaliza incitándonos a un regreso a sus orígenes, a una necesaria relectura, y para ese nuevo tránsito encaminado hacia la vulneración de los márgenes del círculo, el lector, como las aguas del río heraclitano, ya no ha de ser el mismo.





Arístides Valdés Guillermo
Santa Clara - Cuba